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SOCIEDAD CÍRCULO BÉTICO DE SEVILLA circulobetico@yahoo.es

Beticismo

El río Betis nace en tus ojos

 

ALBERTO GARCÍA REYES

Tormenta de verano. A la hora del membrillo cae sobre el río toda el agua de su cauce. Llueve. Para que Sevilla se empape de Betis. Jarrea o sale el sol. Porque el día fluye como fluyeron los cien años precedentes. Lluvia y, de súbito, un rayo de sol. Eternas tinieblas y, de repente, un haz de luz.

Y con el agua de los charcos llegando a los tobillos, con el fango hasta los corvejones, como siempre, la memoria te invita a emprender un viaje por el último siglo de la Historia.

No es exactamente un recorrido por los hitos que aparecen en los libros lo que te apetece hacer. Prefieres recordar a ráfagas cosas que sólo tú has vivido. ¿Recuerdas la primera vez? Tu abuelo te contaba películas de unos indios vestidos de verde que siempre acababan perdiendo, pero que jamás se daban por vencidos.

Tu padre añadía en tu carta a los Reyes Magos una camiseta de rayas verdes y blancas. Todavía conservas la primera, que era de algodón y llevaba el número tres, cortado en cuero, cosido a la espalda. Camiseta de trece barras para meterse en camisa de once varas. Jugabas el partido de tu barrio con el verde ceñido a tu pecho.

Coleccionabas estampitas para rellenar álbumes en los que no estaba el Betis, porque aquel libro sólo recogía a los equipos de Primera. Pero tú te sabías de carrerilla la alineación. La de Segunda, la de Tercera y la de las gestas. Urquiaga, Areso, Aedo, Peral, Gómez, Larrinoa, Adolfo, Timimi, Unamuno, Lecue y Caballero. Cero a cinco en Santander. 1935. Esnaola, Bizcocho, Sabaté, Biosca, Cobo, López, Alabanda, Cardeñosa, García Soriano, Megido y Benítez. Dos a dos en el Calderón y parada de Esnaola a Iríbar. 1977.

Después, con el tiempo, te paraste a pensar en que los dos goles de la primera Copa del Rey los metió López. ¿Qué ha sido de López? Más tarde, con sosiego, caíste en la cuenta de que en ninguna de aquellas dos alineaciones estaban Luis del Sol, Rogelio o Gordillo, el gran triunvirato de la historia bética.

Después vendrán Esnaola, Cardeñosa, Eusebio Ríos y Joaquín. Pero en la primera página de tu memoria están Del Sol -qué nombre más idóneo para triunfar en Heliópolis y para un día como el de ayer-, el Pata de Caoba de Coria y el Vendaval del Políngano.

Tú sólo has visto jugar a Rafael, pero has heredado de tus castas la veneración por los otros dos. Y el respeto a cualquiera que haya pisado esa yerba, desde Montiel a Tenorio. Ay, Tenorio, viejo Tenorio. Cómo supiste cumplir tu juramento de hacer de la casa del Betis la tuya propia. El viejo Tenorio, padre del utillero Alberto, sirva de paradigma del beticismo. Estaba su hijo Benito haciendo la mili en Madrid. Y una mañana lo llamó su Manolo para sacarlo de su casa, que su casa estaba en el Gol Sur. El viejo jamás salía de allí si no era para ir a ver al Betis en otro campo. Ese domingo jugaba en Valencia, contra el Levante. «Venga, viejo, que nos vamos para allá». Y a la altura de Manzanares el viejo se escamó. El coche siguió para Madrid. Al rato, su Manolo lo metió en el cuartel y lo puso delante de Benito. El viejo abrazó a su hijo, pero al momento le tomó un metro y le dijo: «Benito, mi arma, yo me alegro mucho de verte, pero me habéis engañao y ahora estoy sufriendo porque no sé cómo va er Beti». Ole. No siente el que no padece.

Llueve mucho sobre el río Betis. Y sobre tu recuerdo. La tormenta te lanza relámpagos de miseria. De años de arrastre. De tardes enfangadas contra el Sabadell o el Sestao. De goles en el descuento. De un clamor espeluznante aquella noche del Tenerife: «¡Betis, Betis!». De una llorera inconsolable cuando el árbitro pitó el final de aquella promoción ante el Coruña apenas unos días antes de que Lopera apareciera por el Villamarín por primera vez. El chaparrón tapa todas las lágrimas. Infinito caudal de llanto. Porque el Río Betis no nace en Cazorla, no. El manantial del que fluye el Betis está en los ojos de cada bético. Lágrimas por Ignacio Sánchez Mejías a las cinco en punto de la tarde. Romancero lorquiano de peloteros de mentira. Inmensa petenera.

Desde el 12 de septiembre de 1907, hace ahora cien años, hay una duquela en Sevilla que te arrasa la memoria. Una pena negra que va más allá de perdomos, retameros, manueles, galeras y bajuelos. Una amargura que se ufana de la calamidad. La gran duquela del beticismo secular está, manque pierda, en sus adentros, en su esencia. Quizás has tardado cien años en descubrirlo: el Betis pierde cuando gana y gana cuando pierde. Dios lo eligió para ser así. Por eso está lloviendo tanto hoy. Por eso es tan plomizo el horizonte esta tarde. Por eso eres del Betis. Porque Dios te ha elegido.

Enhorabuena.

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Bando de vísperas béticas

Bando de vísperas béticas

ANTONIO BURGOS

Mañana nuestro Real Betis Balompié, este Betis bueno que no nos lo merecemos, cumple cien años que son como un poema de Lope de Vega con barquitos descubridores y conquistadores en el río romano que le dio nombre: «Lleno de velas blancas/y juncias verdes». No sólo San Fernando era bético: Lope de Vega, como acabo de demostrar, también lo era. El Betis tiene tanta grandeza que sus alineaciones son a veces la Historia de la Literatura Española. En sus filas se han alineado Calderón y Unamuno. Don Miguel de Unamuno, para no ser menos que su tocayo el de la mítica alineación de la II República, escribió un ensayo que se titulaba «El sentimiento bético de la vida». Lo que ocurre es que tuvo la mala pata de buscarse un editor palanga que el tío mamón le cambió el título al libro, y le puso: «El sentimiento trágico de la vida». Total, lo mismo. Bético y trágico es lo mismo, como significan lo mismo Betis y Dionisos, Betis y Barroco o Betis y Ciudad de Sevilla, como demuestra el reciente libro de Emilio Carrillo, socio 214.

¿De qué se cumplen cien años? Si yo fuera de los del papel de fumar, diría que mañana no es el centenario del Betis, que aquel 12 de septiembre de 1907 se fundó otra cosa, con el españolísimo «Balompié» por «foot-ball» en el nombre, adelantándose a Mariano de Cavia y a la Real Academia Española. Otra cosa que aún no era el Betis. Si celebramos mañana el centenario es porque calculo yo que aquel día, precisamente aquel día, fue cuando, según el historiador Silvio el Rockero, llegó San Fernando con la espada en una mano y el balón de Rafael Gordillo en la otra y formuló su célebre pregunta:

-¿Dónde está mi Betis bueno?

Y le respondieron las voces de la historia, la voz del Chato Moguer, la voz de José María de la Concha, la voz de Curro el de los Periódicos, la voz de Antonio Picchi, la voz de Villamarín, la voz de Luis del Sol, la voz del capitán Añino, la voz de Don Manué, la voz de Doña María de las Mercedes de Borbón:

-Un momento, Santo Rey, que lo están fundando...

Lo estaban fundando y lo estaban fundiendo en el bronce del monumento vivo que ha sido siempre su afición. Para comprar ese bronce, estaban rifando una vaca y una jaquita cartujana. Arte. El campo de Heliópolis se arrió muchas veces. Cada vez que el Guadaira se salía de madre o el Tamarguillo chiquito pero matón se ponía chulo de padre y muy señor mío. Sostengo que el campo del Betis se sigue arriando cada quince días. Arriando con la inundación de arte, de gracia, de pasión, de genialidad que le chorrea a su afición y que desborda todos los cauces y atarjeas. Afición con la que nadie puede ni ha podido, que ni se compra ni se vende, que es tuétano de la historia de Sevilla misma, espejo donde la ciudad se mira. Y también se viene inundando desde hace un siglo el campo del Betis con la arriada de la poesía. La alineación literaria del Betis sí que es de Chámpion: en la portería, Joaquín Romero Murube; en la defensa, Gil Gómez Bajuelo y Manuel Sánchez del Arco; en el medio campo, don Santiago Montoto de Sedas; y arriba, Antonio Hernández, Montero Galvache, Sánchez Pedrote y Sánchez Mejías.

Si será único y grande el Betis que sólo Ignacio Sánchez Mejías llena su historia. Venga, vamos a ver, un pulso: que me digan a mí qué otro club de fútbol tuvo un presidente al que vestido de luces lo mató un toro en la plaza. Y no habiendo quedado ahí la cosa de singular y única, Betis puro, vino Federico García Lorca y como gorigori le escribió la mejor elegía que nunca se compuso en lengua castellana.

Se cumplen mañana cien años de un mito vivo. Cien años del campo del Patronato, del Campeonato de Liga de 1935, de la primera Copa del Rey, del partido de Utrera, cien años de las Tablas Verdes, que eran las tablas de la ley bética en el Sinaí de Sevilla. Cien años de inspiración. De poesía. De leyenda. Dividan 100 entre 13 gloriosas barras blancas y verdes y tendrán una somera noción de la aritmética del arte y de la gracia.

(Las que quedan escritas no son palabras. Son sevillanísimos tambores y cornetas de un bando. El bando de vísperas de la procesión de gloria y de la estación de penitencia verdiblancas que estamos sufriendo y gozando desde hace cien años. Gozando y sufriendo. Por eso mismo es nuestro Betis.)

Del Balompìé

Del Balompìé

DISCÓBOLO 

El caso es que yo soy del Balompié.

Soy de aquellos chavales, muchos de ellos hijos de militares y que, a su vez, estudiaban en la Politécnica para prepararse para la carrera militar. Soy de aquellos chicos, algunos casi niños, que se sintieron fascinados por un deporte que venía de Inglaterra y al que se conocía como foot-ball.

Sí, soy del Balompié.

Soy de ese grupo en el que se mezclaron tantos hermanos que parecía un encuentro familiar. Soy de los Hermosa, de los Castillo, de los Cascales, de los Wesolousky, de los Gutiérrez. Y también soy de sus compañeros y amigos, de Moreno, de Añino, de Ramos Asensio…

Soy del Balompié.

Soy de esos muchachos que se empeñaron en buscar un nombre diferente para el nacimiento del algo diferente, que en el verano de 1907 empezaron a jugar en el Huerto de la Mariana, que se autodenominaron “España” y, muy poco tiempo después, “Sevilla… BALOMPIÉ”.

Poco podían imaginar aquellos chavales que empezaban a darle patadas a un balón que aquel equipo que formaron a finales de 1907 iba a generar emociones y sentimientos, historia y leyenda… ¿Como iban a imaginarlo? Ellos tan solo querían jugar al balompié… pero hicieron mucho más que eso. Mucho más.

Por eso soy del Balompié.

Porque aquellos chicos se convirtieron en los primeros campeones de Sevilla, en el centro del cariño de mucha gente, en un referente del foot-ball… mejor dicho, del balompié… porque en aquellos años el Balompié se impuso al Foot-ball.

Y hay más motivos por los que soy del Balompié. Muchos más.

Lo soy porque a uno de aquellos chavales le debemos los colores verdiblancos y a otro le debemos el escudo de las trece barras. Manuel y Enrique, gracias. Lo soy porque uno de los que llegaron pocos años después, fundador por cierto del Español de Cádiz, se convirtió en un referente y en una leyenda. Herbert Richard, gracias. Lo soy porque aquel grupo de chavales se convirtió por siempre en el alma de mi equipo, hasta el punto de que en 1924, ya padres de familia y militares de carrera, volvieron a implicarse en la directiva del club para reflotarlo. Gracias, Jacinto, Edmundo, Juan y muchos otros.

Gracias por haber fundado el Balompié. Gracias por haber iniciado nuestro camino.

Un Balompié que en 1914 cambió de denominación para tomar un título de Real y el nombre de Betis del equipo al que absorbía, pero al que todos siguieron conociendo por su nombre hasta que en los primeros años treinta empezó a utilizarse más la otra parte de nuestro nombre, igualmente hermosa y simbólica. Betis y Balompié, Balompié y Betis. Porque lo bueno se escribe con una b. Y lo que es bueno y bueno, con dos.

Pero yo, cuando cierro los ojos, siempre veo aquella fotografía con ese grupo de chavales sonrientes, ilusionados, deportistas. Ese grupo que mira a la cámara sin saber que miles de ojos les mirarán a ellos durante cien años para darles las gracias; gracias por haber creado algo que nos hace sentir algo que a veces ni entendemos. Y mientras mantengo los ojos cerrados veo ese escudo plasmado en un Libro de Cuentas, ese escudo donde aparecen las palabras “Sociedad Sevilla…” y que en su centro, de forma destacada, dice quienes somos… “BALOMPIÉ”.


Y en esos momentos, con los ojos cerrados, entiendo que soy del Balompié.

Del Real Betis Balompié.

"La marcha verde" (II)

"La marcha verde" (II)

ANTONIO HERNÁNDEZ 

Esos y los béticos, siete años en Tercera sufriendo el calvario y con más moral que Luis Uruñuela. Qué tiempos aquellos, compadre. Con Franco eramos más sufridos. Me acuerdo que una vez fuimos a jugar a Utrera y hasta en patín se desplazaron béticos al pueblo de la Fernanda y la Bernarda. Treinta mil béticos, sin contar los otros treinta mil que eran de allí, todos como la madre cabal del juicio de Salomón, a ver de quién querían el triunfo. La marcha verde fue aquello, en camiones, en bicicletas, a pie, en carros, como en la vendimia de. una finca infinita.

Yo, por entonces, era un tapón de alberca, un chavalillo, un aprendiz de bético. Y recuerdo que me dijo mi padre como si le estuviera hablando a un hombre: Ponte la blanquiverde, trinca la bandera y móntate en el Balilla, que ya vamos a estar donde la Virgen de Consolación. Fuimos mi madre, mi abuela Encarna, mi padre, mi tío Juan, mi hermano y yo, más contentos que unas pascuas, y, aun así, como piojo en costura, metimos en la caja de mixtos a dos béticos más que iban andando. Andando iban muchos más, cientos de béticos y de béticas en hileras, como a una romería. Béticos con sombreros, destocados, en alpargatas, con botas, sin camisa, en traje corto. Y béticas hasta vestidas de gitana..."

...Que sí, compadre, lo que yo le diga: a ver, ¿quién es el equipo que ha puesto la verdiblanca más lejos? Dentro del Continente, el Betis, que llegó hasta Tibilissi....De la bandera no hablemos. La bandera, porque es la de Andalucía, lo dice todo en su lema: por sí, por España y por la humanidad. Igualito que la del Sevilla, que es por sí, por Los Remedios y por el barrio de Nervión. Es, que no llega a Triana. Y, compadre, esta sí que es una palabra mágica. Decir Triana es como decir cielo, como decir Dios, como decir Betis...

Y la Esperanza de Triana, esa Virgen tan guapa y tan gitana que le pone a media Sevilla el corazón en un puño cuando sale el Viernes Santo y trae a la tierra un pedazo de cielo. A la otra media se lo trae de chiripa la Macarena, pero lo que le trae no es un pedazo, sino una mijita, una hebra, porque todos somos hijos de Dios. Y no es que yo diga que la Macarena es menos Virgen, sino que los sevillistas la disminuyen. ¿Dónde están los toreros, los saeteros gitanos, las cupletistas de tronío y las mariconas graciosas sino en el Puente? ¿Dónde Curro Romero, Curro Malena, Marifé o la Esmeralda? Al lado de su Betis, o sea, con su Esperanza, ojos de balloneta, cosas de mujer, mezcla de madre de Dios y madre de los hombres. Esperanza, guapa, guapa y guapa, le decimos, compadre, que usted lo ha visto, borroso todo por las lágrimas...

De padres a hijos, de abuelos a nietos, una pasión llamada Betis...

De padres a hijos, de abuelos a nietos, una pasión llamada Betis...

MANUEL RAMÍREZ FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA

-¿Ves hijo, todo lo que ves? ¿Ves que no te exageré nunca cómo era el Betis? Pues ay, hijo, si yo te contara... 

Había vuelto al Villamarín de la mano de su hijo. Hacía mucho, muchísimo tiempo que ya no iba a Heliópolis como a él le gustaba hacerlo. Pero ayer volvió porque ayer volvía su Betis y llevaba de la mano al hijo que tanto deseó y al que no había querido llevar nunca antes, ya cumplido los seis años, porque nunca antes podía haberlo llevado a su Betis en Primera. 

Y lo hacía ahora cuando, desde la misma cuna, tanto y tanto le había hablado de ese sentimiento, de cómo su abuelo le llevaba a él para que, desde muy pequeño, fuera y viniera al compás de unas maneras, qué más da si mejores o peores que otras pero sí distintas, de entender la vida para disfrutar en las maduras de los éxitos y tener el manquepierda para las duras de los fracasos; para gozar en los cielos de Primera o sufrir en los infiernos de Tercera –siete años, hijo, siete años en una larga noche que no parecía tener amanecer- o poder, como ayer, volver a Heliópolis, aunque de Heliópolis no se había ido nunca, para sentir el mismo grito, las mismas banderas, idénticos suspiros, iguales lágrimas de aquellos otros ascensos que vivió con él y aquellos otros en que tuvo la enorme compaña de su ayer, y siempre, imborrable recuerdo. 

-¿Ves, hijo, ese chiquito, el que lleva el “diez”, el que tan bien la mueve? Pues había otro, no hace mucho, rubillo y pequeño, un muchachito de Valladolid que, fíjate si fue grande que, siendo tan canijo y tan chico, terminaron llamándole don Julio... 

Estaban allí las mismas banderas, las mismas pancartas, las mismas peñas, las mismas gentes, los mismos gritos, el mismo eco que parecía bajar desde por detrás de las nubes, y él buscaba, mientras su Betis y el Español jugaban el partido del adiós a la infernal Segunda, y su hijo saltaba como un resorte en cada jugada, aquella fila tercera de tribuna lateral derecha, de agujero en el cemento para poner añejísimas almohadillas de las que ya no se acuerda nadie de antiguas que eran, y de aquellas pirindolitas verdes, como bellotas puestas de pie, en los muros de los vomitorios, del olor a chester y a pictolín, de marcador simultáneo con el anuncio de la sal de fruta Eno, de letrero grande Fundador Domecq en las esquinas de fondo, de aquel gol norte chiquito y familiar que dejaba ver casi hasta la puerta del Instituto de la Grasa y que tenía, como una palmera cerca de la misma Palmera, aquel marcador como un palomar; y buscaba a Laureano el del Ayuntamiento con su andar patizambo y su eterno mono azul de cremallera cruzada; y el “Mercedes” celeste, dos plazas, descapotable, de Benito Villamarín; y la cazadora de ante de Barrios, y la boina calada de Ventura Castelló -¿Sabes, hijo, que Ventura Castelló, cuando hicieron las obras del Mundial en el campo, y hubo que jugarse en Nervión, se vino aquí, entre las piedras de lo que quedaba en pie, con un transistor, para escuchar el partido?-; y el señorío de Pascual Aparicio; y el nervioso ir y venir de José María Doménech, que veía sin verlos más partidos por el corredor de las entrañas del campo que sentado en su palquito; y el chándal gris moteado de Adolfito, haciendo juego con sus canas; y aquel día en que Tenorio el Viejo tuvo que arreglar el larguero que partió Del Sol -¿te he dicho algo, hijo, al decirte Luis Del Sol?- contra el Extremadura... 

-¿Ves hijo ese zanquilargo de medias bajas y nervio alto que, cada vez que la coge, el Villamarín parece un manicomio? Fue uno, hijo, que aquí se hizo ídolo, que de aquí se fue ídolo y que aquí volvió ídolo porque de aquí, aunque lo pareciera, ¿sabes hijo?, no se había ido nunca; como tampoco se fue nunca aunque también lo pareciera otro zurdo, soriano de San Jerónimo como éste es extremeño del Polígono, y que volvió sin irse y que, mientras por ahí estuvo, tan lejos como en Italia, bien que le decía a su hijo: “hijo, aquí nos quieren, aquí nos miman, aquí nos adoran, pero no te olvides nunca, hijo, no te olvides nunca de nuestro Betis...” 

Eran tiempos aquellos, los que pasaron, que ahora se le iban y venían, como flashes fotográficos, por la memoria. De cuando los óles secos y cortos eran para una finta elegantísima llamada Joaquín Sierra, y los óles arrastrados iban para las “roscas” y las “tostás” que llegaban, según se hacían con la izquierda, desde Coria, firmadas por Rogelio... 

-¿Ves, hijo, ese gigantón de poco pelo y mucho poderío? Ay, si hubieras visto a su padre, o aquel día en que debutó su padre... 

Seguía el partido, y la fiesta, y toda la catarata de cánticos, y toda la satisfacción verde, y el campo reventando en puros gritos, y él, a mitad de camino entre el presente y aquel pasado, entre su padre y su hijo, puente de abuelo a nieto, cuñas de la misma madera, para acordarse, al tirar Aquino una falta, de aquel Pibe que callaba a la grada; al ver el batallar de Cañas, de aquel Javier López y su reolina; del fútbol por bulerías de Antonio Benítez; aquel gol de caoba en “Los Cármenes”; aquel paradón de Campillo la misma tarde; aquellos tantos y tantos de José Ramón Esnaola; las salidas de Otero; el jersey amarillo de González; las palomitas de Eugenio; el bigotito de Américo; los zapatos de Sobrado; ¿quién fue más rápido, Castaños o Enrique Morán?; dicen que ha fichado don Benito uno de la Florentina que se llama Jonson que...; y aquel gol de Biosca, contra estos mismos “periquitos” que convirtió el Beti-eti-eti en sí, sí, sí, y a Madrid. 

Ay, aquella noche, hijo, de la Copa Grande, aquella madrugada de Sevilla, aquella tarde en la Plaza Nueva, aquel José Núñez llevando tanto empaque como elegancia en los triunfos como en las derrotas; el ascenso de Ferenc Szusza; León Lasa a hombros aquel día del Granada en Heliópolis; otra vez las mismas banderas; aquel otro día del Jerez, -te hablo, hijo, de muchos más años de lo que yo quisiera que hubiesen pasado-, Curro el de los periódicos, documental en color que íbamos a ver en los cines con el Nodo... 

-¿Ves hijo ese masajista de chándal tan verde como su mismo corazón que se asoma por el banquillo? Todavía recuerdo, como si fuera ayer mismo, aquel primer ascenso que vivió su padre, Vicente, “manos mágicas” le dicen... 

Iban y seguían yendo y viniendo las añoranzas. Y seguía la fiesta. Y seguía el sano jolgorio de una gente que no debes confundir nunca, hijo, nunca, por más que digan que son, con borrachos y litroneros, con travestidos y mamarrachos, con salvajes y desalmados que se ponen indignamente esa camiseta aunque ellos hasta que crean que son. 

Se iba echando la tarde y se asomaba por el voladizo el sol radiante de la Primera. Entonces fue que suspiró y dijo lo que el alma le dictaba: 

-¿Ves, hijo, cómo y qué es el Betis? Puede que otros ganen todo, que sean mejores, que lleguen más lejos; pero no te olvides nunca, hijo, no te olvides nunca de este Betis que tu abuelo soñó siempre...

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Manquepierda

Manquepierda

EL CORREO DE ANDALUCIA

La afición del Betis es conocida internacionalmente por el fervor y la fidelidad que profesa a sus colores. El rasgo más distintivo que define la filosofía de los seguidores del club es una vieja leyenda que se gestó en los años más difíciles de su existencia: El manquepierda. El espíritu de este lema radica en un elemento definitorio de la personalidad como es el orgullo. El aficionado bético tuvo que soportar durante los años cuarenta y cincuenta una situación deportiva lamentable, ya que un equipo que había sido campeón de Liga tuvo que tomar en 1947 el desafortunado camino de la tercera división.

Presionado social y deportivamente, el bético reaccionó con la sabiduría tan peculiar que emana de esta tierra del sur. Fue el momento de adherirse con más ilusión a un equipo que, fuera ya de cualquier elemento de juicio deportivo, dio paso a la creación de toda una forma de entender la vida. El mito del manquepierda no supondrá sin embargo una actitud derrotista ante las situaciones. Al contrario, el manquepierda no es ni más ni menos que el renacimiento de algo en desfase en el día de hoy: el apoyo a una institución en los momentos más delicados de su historia.

Este espíritu acabó generando una idea que ha perdurado a lo largo del tiempo para dar un carácter único a la afición del Betis . Desde entonces, la hinchada verdiblanca representó todo un ejemplo de fidelidad para cualquier club y su fama es conocida en toda España y buena parte del extranjero. Sin ningún tipo de parangón, el bético se crece ante las adversidades y es un ejemplo único de dignidad. El manquepierda nació de un orgullo herido, pisoteado por unas terribles circunstancias. Como consecuencia, ha provocado en el seguidor del Betis una confianza perenne en el equipo. Se alegra con sus victorias -inconmensurable el júbilo tras la consecución de la primera Copa del Rey - y soporta las derrotas con sentido de la deportividad y una fidelidad a prueba de bombas.

Casi mezclado con el estoicismo, ser del Betis no significa sólo la pertenencia a un club de fútbol. Los béticos casi nacen béticos. No se trata únicamente de ser aficionado al fútbol o de animar a un equipo en concreto, ser del Betis es amarlo, dejarse arrastrar en un torbellino para lo bueno y lo malo, es sentimiento.

Los ejemplos que a lo largo de la historia ha dado la afición son muestra de una militancia cercana al fanatismo, pero nunca manchada con las deleznables gotas de violencia y radicalismo que desgraciadamente impregnan el comportamiento de algunos sectores en otros clubes. La adhesión a la filosofía que representa el Betis es compatible incluso con no ser aficionado al fútbol. A algún individuo puede no gustarle el deporte más importante del planeta y ser seguidor del Betis .

Con la peculiaridad como cordón umbilical, a golpe de sufrimiento y de vejación, de alegría, pasmo, admiración, sorpresa, magia, fanatismo, fidelidad, amor, pena o dolor, el Betis se ha ido cincelando a lo largo ya de 99 años de historia.

De la cima a la sima, en Europa y en Utrera , para lo mejor y lo peor, la afición del Betis es única y el espíritu que emana de ese particularismo se ha convertido en el emblema más contundente de una entidad también única.

El Betis, un mito

El Betis, un mito

Reproducimos fielmente la ponencia del Doctor en Filosofía, Jürgen Kant de nacionalidad alemana que tuvo lugar en la Universidad de Colonia el pasado mes de Septiembre.

UN GRUPO DE FILOSOFOS ALEMANES EXPONEN EN LA UNIVERSIDAD DE COLONIA UNA TEORIA DE LA RAZON DE LA EXISTENCIA HUMANA BASADA EN EL MITO DEL BETIS.

DR .JÜRGEN KANT

EL BETIS

¿Qué ilusion tiene la vida sin el Betis? , se preguntaba un anciano ante las cámaras de televisión. Pero ¿Qué es el Betis? .un grupo de científicos alemanas ha llegado a la conclusión de que el Betis es uno de los grandes mitos que alimenta la existencia del ser humano. Si los griegos forjaron el mito de Sísifo o el de Tántalo para hablar de lo inalcanzable el hombre contemporáneo ha creado al Betis para expresar ese estadio beatifico al que los humanos aspiran pero que nunca jamás alcanzan .El Betis representa la felicidad soñada, el afán continuo, la esperanza perpetua el anhelo llevado a su máxima potencia, la aspiración eternamente mantenida .Eso es el Betis. Un estado de animo que obliga a los practicantes de la filosofía a permanecer siempre en vilo y siempre desasosegados, porque ese sueño que ambicionan siempre esta a punto de realizarse y siempre se está desvaneciendo. Sólo por eso viven los béticos, por ver realizados unos deseos que continuamente se esfuman .El Betis es ese ideal, que espolea la lucha diaria y hace llevadera una existencia muchas veces mediocre anodina.


Los béticos de pasan seis días y medio esperando la tarde del domingo acongojados. Seis días y medio aguardando que esa tarde se cumpla su deseo para siempre. Seis días y medio imaginándose que su tormento acabara de una vez por todas .Estos filósofos quizás intuyan que esa tarde volverá a ser aciaga una vez más ,tal vez sospechen que el destino les repita la jugada de todas las tardes de domingo ,pero estas dudas no les arrendran . Es más, estos temores son justo el acicate que los empuja inexorablemente a esperar cada tarde de domingo con idéntico optimismo. Ante el fracaso reiterado, jamas sienten desaliento ni la flaqueza, porque su única pasión en esta vida es ver cómo esa tarde se cumple su sueño. Por ello, si a los hombres les falta esperaza o el deseo, ¿Qué ilusión puede tener entonces la vida sin el Betis?

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"La marcha verde"

ANTONIO HERNÁNDEZ 

Era por navidad, por esas fechas, me acuerdo como si lo estuviera viendo. El Pepito, que es más aficionado a la pólvora que un hincha del Valencia, se había hecho con provisión de artículos de bromas para el día de los Inocentes. Bombas, petardos, bengalas, etc. Bombas de las que truenan, pero también de las que no truenan y es peor todavía, de las que apestan más que un mulo muerto, bombitas de esas de peste. Y sin pensármelo dos veces le dije al niño más o menos lo que me dijo mi padre: Niño, coge la bandera, ponte la camiseta y la bufanda, que ya vamos a estar encima del Manzanares.


Orgulloso me sentía de verlo con su camiseta a rayas y la gorra a rayas, la bandera y el bote de Coca-Cola, que ahí no pude influir para que fuera Mirinda de limón; en la tribuna como si fuera un hombre, gritando BETI sin ese, como tiene ser, y tocando las palmas a compás cuando salió el equipo. Al descanso nos fuimos ganando con cero a uno y a mí no me cabía la blanquiverde en el pecho. Pero los niños ya sabe usted que son niños por encima de otra cosa (...) y como sin darle importancia a los efectos del cólera me preguntó: " Papá, ¿tiro ahora una bombita?"  La verdad es que me hizo gracia y por un momento pensé en la desbandada, la tribuna vaciándose como en el reventón de una presa y todos, atléticos y béticos, sin explicarse cómo en vientre humano podía caber tal morralla devastadora. Olé mi niño me dije (...) pero un padre tiene que comportarse y le contesté que de eso nada, que hay que ser respetuoso con los demás y formal. Al niño le caló la cosa y hasta se puso colorado de vergüenza (...).

Y no se quedó la cosa ahí , porque, a los veinte minutos, el cero a dos y Gordillo como la gracia de Dios, y Cardeñosa, en Don Julio, de catedrático y todo el equipo como mi abuela haciendo encaje de bolillos por el campo, qué gloria compadre, que marcó un gol el Atlético y ni nos enteramos, de tanta confianza como daba la superioridad; la que volvió a evidenciarse rápidamente con el uno a tres.


El niño estaba como loco de alegría (...) pero usted sabe lo que es el Betis y faltando cinco minutos marcó el Atlético y lo que es peor empató en el noventa.(...) Sólo faltaba que el arbitro pitara el final y ya estábamos levantándonos de los asientos cuando sentimos la puntilla en el morrillo.

Tres minutos después de cumplido el tiempo reglamentario, compadre. Se me vino el mundo abajo y más cuando miré al Pepito, las lágrimas saltadas, el vaso de Coca-Cola estrujado de rabia en la mano y la bandera vencida.

Y entonces, en vez de compungirme y hacer que él se apenara más, me acordé de cómo somos, de cómo resolvemos las cosas y grité " ¡VIVA EL BETIS MANQUE PIERDA!" Y bajando la voz y mi cara hasta la altura de la suya, le dije: " PEPE, AHORA, TIRA TODAS LAS BOMBITAS DE PESTE".

No habíamos ganado no, pero el contrario tampoco había podido celebrar el gol del triunfo en su salsa, cualquiera mojaba con aquel pestazo"

Si habéis llegado hasta el final leyendo GRACIAS. Si encima habéis disfrutado, reído y casi llorado con esto es que tenéis el MANQUEPIERDA dentro y ya no podréis hacer nada para quitároslo. Este es el Evangelio Verdiblanco. De padres a hijos. Somos muchos.

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